martes, 19 de abril de 2016

Mark Sten

El sabor de la venganza

Bajo el tórrido sol avanzaban los ocho hombres. El agua de la charca en que se habían zambullido poco antes siete de ellos, vestidos y con las botas puestas, se iban evaporando de sus cuerpos.
El único que cabalgaba lleno de polvo hasta las cejas y las pestañas era Rex Mulligan, el capataz. Él se reservaba para cuando llegaran a Paraíso; les faltaban ya pocos kilómetros.
Como surgidos del infierno, aparecieron en la llanura, envueltos en una nube de polvo. Se acercaron galopando y lanzando frenéticos gritos de guerra. Eran más de veinte.

Mac Gregor

Charcas malditas

La chica pone ojos de carnero tierno a medio morir.
-¿Volverás pronto, Pat?
-Sí.
-¿Me escribirás?
-Sí.
-¿Te cuidarás mucho?
-Sí.
-¿Me olvidarás?
-Sí.
-¿Eh?
Sus ojos no son ya de carnero, sino de toro dispuesto a embestir. Me doy cuenta de que he metido la pata y rectifico a toda velocidad.
-Perdona, Stella. Me he equivocado. Pero la verdad es que me estás sometiendo a un verdadero interrogatorio.

Kent Davis

Póker de sangre

El primer carruaje llegó al caer la noche justamente.
Era el primero de una serie de ellos que, brevemente, pararon ante el edificio de piedra con fachada porticada, al viejo estilo europeo, en pleno Barrio Latino de Nueva Orleans.
Cada uno de los coches depositó en tierra a un viajero. Y cada uno de ellos, escoltado por dos o tres hombres armados hasta los dientes, cruzaron la breve distancia hasta la puerta de acceso a la mansión, guardada asimismo por varios individuos provistos de rifle.

Fred Foreman

El tahúr

Inmutable. En su rostro era de todo punto imposible captar algo que pudiera servir como punto de apoyo en su suposición, aunque fuese aventurada.
Sus ojos negros eran siempre los mismos, sin que el brillo aumentase o disminuyera a lo largo de las horas. La misma suavidad de sus dedos con las cartas. La misma posición de sus entreabiertos labios, con los dientes sujetando, sin morder en ningún momento, el cigarro puro que parecía formar parte de su propia cara.

Frank Hunter

En medio del plomo

Thomas Jervis, inspector general de la "Texas Mining Corporation", se paseaba nervioso, de un lado para otro, dentro del cobertizo habilitado como oficinas.
Estaba de pésimo humor.
Había consumido uno de los gruesos cigarros que acostumbraba a fumar y aquel estúpido de superintendente no había llegado aún. Era lo único que le faltaba: tener esperar a un imbécil integral como Gertner...

Black Moran

La marca de Takoma

Jed Mannix se arrojó al suelo para evitar que los proyectiles se hundieran en su cuerpo.
Con el arma empuñada rodó sobre sí mismo, dejándose resbalar por el talud hasta quedar resguardado entre unas rocas.
Allí se inmovilizó durante unos segundos.
Confiaba en que sus perseguidores hubiesen perdido su pista pero apenas había pensado aquello cuando escuchó, sobre él, la voz del sheriff Deful:

Alex Simmons

Camino de orcas

Los ojos de Harold Henderson brillaban de orgullo.
Siguió con atención creciente el embarque de las reses y luego volvióse hacia su hijo, que estaba a su lado, y exclamó:
-¡Me da un poco de pena verlas marchar, Dan! ¿No te ocurre igual a ti?
-Sí, padre -repuso-. Casi las conozco a todas. Y, aunque te cause risa, es como si despidiera a alguien de la familia. Hemos vivido a su lado, las hemos visto crecer y desarrollarse, y hemos estado atentos a sus enfermedades, hemos vigilado su peso. ¿No es eso lo que quieres decir, padre?