martes, 19 de abril de 2016

Marcial Lafuente Estefanía

¡Maldito forastero!

Laura y su madre, Claire, dormían en la misma habitación. Y nada más saltar de la cama, Laura fue hasta la ventana y frotando el cristal con la mano, miró al exterior.
-¿Qué tal? -preguntó la madre desde su cama.
-Sigue lo mismo. No ha debido dejar de nevar en toda la noche, hay varias pulgadas de espesor en el patio.
-¡Bonito clima...! -exclamó Claire.

Marcial Lafuente Estefanía

La ruleta de oro

Todos los vaqueros se disponían a ir al pueblo.
Era domingo, el día que ellos aparte de descansar de las tareas del rancho, podían divertirse en juegos, bebida y baile.
La dueña del rancho, desde la puerta de su vivienda contemplaba a los muchachos, que al montar a caballo saludaban con la mano a su patrona.


Marcial Lafuente Estefanía

Imitando al enemigo

El senador Mc Kee, sin duda alguna, era el hombre más querido, admirado y respetado de Cheyenne, la bulliciosa capital del territorio de Wyoming.
Querido, por su infinita bondad y sencillez. Admirado y respetado, porque nadie ignoraba los esfuerzos que realizaba para combatir y desenmascarar a quienes dirigían el juego y toda clase de vicios existentes en la ciudad.

Marcial Lafuente Estefanía

Estampidas humanas

En Sacramento, un grupo de elegantes, todos ellos propietarios de locales de diversión, irrumpieron en la ofician del sheriff, hablando entre ellos acaloradamente.
Una vez ante el sheriff, guardaron silencio, para dejar que uno hablase en nombre del grupo.
-¡Buenos días, sheriff!
El sheriff, contemplándolos, curioso dijo:
-¡Buenos días, señores! ¿Puedo saber a qué se debe el honor de esta visita y el motivo de la excitación que les domina?

Marcial Lafuente Estefanía

Camino de Wichita

El único vaquero, contratado como conductor por Bill Morley y su hija Ann, contra la voluntad de Bernard, que sería el jefe del equipo hasta llegar a Wichita, era contemplado con curiosidad por todos, mientras bebían invitados por el nuevo patrón.
Dick Sheridan, como dijo llamarse el joven y alto vaquero, al informarse por la conversación que sostenía Bill Morley con su jefe de equipo, de que la joven Ann los acompañaría hasta Wichita.

Larry Hutton

Justicia de cáñamo

Al apearse del tren, Mark Gee creyó haber llegado a un pueblo muerto, desierto. Un pueblo fantasma tan silencioso como un cementerio.
Perplejo, miró arriba y abajo del andén. No distinguió un solo ser humano en todo lo que alcanzaba la vista.
Ni siquiera empleados del ferrocarril.
Todo estaba perfectamente desierto.

Larry Hutton

Diligencia al más allá

-¡Por todos los diablos! -exclamó Steven Coster, dando un manotazo en el aire para espantar a la media docena de moscas que zumbaban alrededor de su calma-. ¡Es lo único que nos faltaba!
El guardián, con la sucia guerrera desabrochada a causa del calor, asintió en silencio.
El mal humor de su jefe estaba plenamente justificado.
-¿Cuándo llegará ese maldito entrometido? -preguntó Coster.
-Mañana, señor alcaide.