Diligencia al más allá
-¡Por todos los diablos! -exclamó Steven Coster, dando un manotazo en el aire para espantar a la media docena de moscas que zumbaban alrededor de su calma-. ¡Es lo único que nos faltaba!
El guardián, con la sucia guerrera desabrochada a causa del calor, asintió en silencio.
El mal humor de su jefe estaba plenamente justificado.
-¿Cuándo llegará ese maldito entrometido? -preguntó Coster.
-Mañana, señor alcaide.
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