martes, 19 de abril de 2016

Silver Kane

La asesina más guapa del mundo

El hombre que estaba apoyado tras la ventana dijo tranquilamente:
-Ahora.
Otros dos hombres se movieron entonces. Habían estado hasta aquel momento en el interior de la habitación, pero de pronto aparecieron también en la ventana con los revólveres a punto. Lo que vieron les hizo lanzar un gruñido de satisfacción.
Nunca hubieran imaginado que el blanco fuera tan fácil.

Silver Kane

¡Ha vuelto Killer!

Los dos hombres descendieron la colina llevando tras de sí un grupo de ocho magníficos caballos. Eran auténticos pura sangre escrupulosamente criados y entrenados, unos caballos que en cualquier mercado hubieran valido una pequeña fortuna.
Y en eso confiaban los dos hombres.
En obtener por ellos el fruto de dieciocho meses de sudores, empleados en convertirlos en los magníficos corceles que ahora marchaban tras sus pasos.

Silver Kane

Ha muerto una mujer

La mujer contempló los lentos y cadenciosos movimientos del pistolero. Andaba con la indolencia de los tejanos, y sus revólveres estaban adornados con plata, como ella había visto en Nuevo México y en algunos lugares de Arizona. Pero había algo en aquel hombre que indicaba que no era un tipo del Sur. Quizá sus cabellos más bien rubios, su boca demasiado enérgica o sus ojos demasiado grises. Gizel no hubiera sabido decirlo, pero el caso es que se le quedó mirando, y siguióle con los ojos hasta que el desconocido se perdió entre los grupos que ocupaban la extensa llanura.

Silver Kane

El último de los Sutter

El hombre saltó a tierra, desde la silla de su caballo, al alcanzar el viejo edificio pintado de blanco en la calle principal de Batton Plain. Eraun hotel de mala nota, uno de esos sitios donde los hombres honrados no suelen entrar y ante los cuales las viejas se persignan.
Aquel hombre era joven, decidido y fuerte. Iba muy bien vestido, magníficamente armado y tenía en los labios una leve mueca despectiva.


Silver Kane

El demonio en la frente

La lancha había cortado gases al motor, y ahora giraba lentamente, dejándose arrastrar por las aguas turbias del Sena. Estaba a la algura del Quai de  Conti, es decir cerca de Notre Dame. Se veía la isla de la Citè, así como la isla de San Luis, profusamente iluminadas. Se veían las luces de los restaurantes caros que hay por los alrededores, esos restaurantes donde a uno se le pueden ir en una cena todos los ingresos del mes. Se veían también las luces de los bares y de los bistrots donde quizás algunas mujeres bonitas aguardaban quietamente, cara a la noche. Se veían todas esas cosas han hecho de París una ciudad casi mágica, una ciudad sucia, densa, maloliente, y sin embargo maravillosa.

Meadow Castle

Yuma

Nadie en Arizona dice Yuma, sino ¡Yuma!, enfatizando mucho este nombre.
En todo el Oeste no se nombra ni una sola vez la palabra Yuma sin que la misma vaya acompañada del escalofrío general.
 Y sin embargo, no es la ciudad de Yuma en sí la que hace que su nombre sea pronunciado con temor.
Yuma es la quinta ciudad de Arizona en importancia y no es demasiado sobresaliente en ganadería (pese a todo, se dice que los caballos nacidos allí son de los mejores que se crían en el Oeste), ni en agricultura, ni en minería.

Meadow Castle

"Seis dedos", Chang

En Dickinson, año 1865...
-El sheriff está enfermo.
-Ya. Entonces, ¿quién es ese que lleva una estrella de sheriff en el chaleco?
-Es un sheriff interino enviado desde Fargo hasta que el viejo sheriff de Dickinson se reponga.
-Ya, ya, ya.
El forastero pareció pensarlo, siguió los pasos del sheriff interino, entrando en el saloon, tropezaron al parecer casualmente y el forastero le espetó, desabrido:
-¿Cree que un sheriff tiene derecho a derribar al primero que tropieza con él?