Crímenes vengados
-Tienes que escucharme, papá.
-Lo que tienes que hacer es guardar silencio mientras comemos.
-No puedes ser tan injusto como otras personas, de las que me has hablado muchas veces. Tú sabes que ese muchacho es inocente.
-Lo único que sé es que todo le condena.
-Circunstancias... ¡Circunstancias! Esto es lo que te he oído decir otras veces. Y ahora no admites lo mismo que has sostenido tanto tiempo.
sábado, 18 de enero de 2014
Lou Carrigan
Tren a Texas
El jinete entró en Cedar Town llevando tras él otro caballo, que transportaba en su lomo un gran bulto, envuelto en una lona. Pero no del todo envuelto, ya que a cada lado del caballo se veían los dos pies de un hombre. A poco que se pensase, era fácil llegar a la conclusión respecto a qué significaban aquellos pies.
A buen seguro, nadie en Cedar Town dejó de comprender que en el segundo caballo iban dos muertos, cruzados sobre la silla, cada uno con la cabeza a un lado. No era un espectáculo alegre. La gente se volvía para mirar al jinete, pero éste no parecía ver a nadie. Iba a lo suyo, que es lo sensato y conveniente siempre.
El jinete entró en Cedar Town llevando tras él otro caballo, que transportaba en su lomo un gran bulto, envuelto en una lona. Pero no del todo envuelto, ya que a cada lado del caballo se veían los dos pies de un hombre. A poco que se pensase, era fácil llegar a la conclusión respecto a qué significaban aquellos pies.
A buen seguro, nadie en Cedar Town dejó de comprender que en el segundo caballo iban dos muertos, cruzados sobre la silla, cada uno con la cabeza a un lado. No era un espectáculo alegre. La gente se volvía para mirar al jinete, pero éste no parecía ver a nadie. Iba a lo suyo, que es lo sensato y conveniente siempre.
Keith Luger
La risa del asesino
-Me gusta la ciudad, ¿y a usted?
El conductor del taxi emitió un gruñido.
Kate agrandaba los ojos observando por las ventanillas las casas, el tráfico, las aceras llenas de gente, los escaparates de los grandes almacenes...
-Es maravilloso -rió-. Mi tío Johnny se quedó corto. Todos ustedes tienen suerte. Usted también la tiene, amigo, por vivir en un paraíso como éste. Apuesto a que lleva mucho tiempo aquí.
-Sí, mucho -asintió el conductor.
-Me gusta la ciudad, ¿y a usted?
El conductor del taxi emitió un gruñido.
Kate agrandaba los ojos observando por las ventanillas las casas, el tráfico, las aceras llenas de gente, los escaparates de los grandes almacenes...
-Es maravilloso -rió-. Mi tío Johnny se quedó corto. Todos ustedes tienen suerte. Usted también la tiene, amigo, por vivir en un paraíso como éste. Apuesto a que lleva mucho tiempo aquí.
-Sí, mucho -asintió el conductor.
Keith Luger
El resonar del trueno
Gus Lerency, de sesenta años, delgado, ojillos de ratón, sombrero raído y ropa a la miseria, muy cubierta de mugre, se detuvo delante de la verja del palacio del emperador Maximiliano.
Los dos centinelas, que montaban guardia en sus respectivas garitas, lo miraron con prevención y enseñaron las bayonetas que remataban sus fusiles.
Gus se sacudió las ropas, con lo cual elevó una espesa nube de polvo, y sonrió forzadamente a los dos centinelas.
Gus Lerency, de sesenta años, delgado, ojillos de ratón, sombrero raído y ropa a la miseria, muy cubierta de mugre, se detuvo delante de la verja del palacio del emperador Maximiliano.
Los dos centinelas, que montaban guardia en sus respectivas garitas, lo miraron con prevención y enseñaron las bayonetas que remataban sus fusiles.
Gus se sacudió las ropas, con lo cual elevó una espesa nube de polvo, y sonrió forzadamente a los dos centinelas.
Acusaciones injustas
Acusaciones injustas
A pocas millas de Dodge City, tres jinetes descienden de sus caballos, a los que cubren con unas mantas secando el copioso sudor que pone un brillo metálico en la piel.
Extenuados, déjanse caer al suelo, recibiendo la caricia de la verde hierba protegida del sol por un grupo de sicómoros y pinabetes.
El más joven de ellos, antes de echarse, tiende su mirada hacia el horizonte que queda a sus espaldas.
-Hace más de dos días que no hemos vuelto a ver a nuestros "perros" -dice al tiempo de tenderse sobre la fresca hierba-. Estoy seguro de que conseguimos escapar de ese tozudo sheriff.
A pocas millas de Dodge City, tres jinetes descienden de sus caballos, a los que cubren con unas mantas secando el copioso sudor que pone un brillo metálico en la piel.
Extenuados, déjanse caer al suelo, recibiendo la caricia de la verde hierba protegida del sol por un grupo de sicómoros y pinabetes.
El más joven de ellos, antes de echarse, tiende su mirada hacia el horizonte que queda a sus espaldas.
-Hace más de dos días que no hemos vuelto a ver a nuestros "perros" -dice al tiempo de tenderse sobre la fresca hierba-. Estoy seguro de que conseguimos escapar de ese tozudo sheriff.
jueves, 19 de julio de 2012
El rancho de los reptiles
El rancho de los reptiles
-¡Peter!
-¡Hola!
-¡Hola! ¿Está Joe?
-Debe andar por el rancho. ¿Pasa algo?
-Dile que cuando vaya por el pueblo pase por casa. Hay una carta para él.
-¿Una carta? ¿Es posible? ¿Por qué no la dejas?
-Porque no la llevo. Pero me he acordado que llegó ayer.
-Está bien. Se lo diré, así que aparezca. ¡Es extraño que haya una carta para él!
-¡Peter!
-¡Hola!
-¡Hola! ¿Está Joe?
-Debe andar por el rancho. ¿Pasa algo?
-Dile que cuando vaya por el pueblo pase por casa. Hay una carta para él.
-¿Una carta? ¿Es posible? ¿Por qué no la dejas?
-Porque no la llevo. Pero me he acordado que llegó ayer.
-Está bien. Se lo diré, así que aparezca. ¡Es extraño que haya una carta para él!
Shark pidió venganza
Shark pidió venganza
Los dedos desgarraron la tela roja.
La muchacha gritó agudamente, echando a correr. Jirones de su blusa llamativa quedaron en los dedos fuertes y velludos del hombre.
Unas risotadas acompañaron la fuga estéril de la joven. La correa trenzada del látigo restalló en el aire, culebreando en pos de ella, y alcanzándola en sus recias posaderas, encima de la amplia falda. Aun con esa protección, la mujer chilló, sin duda dolorida.
Los dedos desgarraron la tela roja.
La muchacha gritó agudamente, echando a correr. Jirones de su blusa llamativa quedaron en los dedos fuertes y velludos del hombre.
Unas risotadas acompañaron la fuga estéril de la joven. La correa trenzada del látigo restalló en el aire, culebreando en pos de ella, y alcanzándola en sus recias posaderas, encima de la amplia falda. Aun con esa protección, la mujer chilló, sin duda dolorida.
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