sábado, 18 de enero de 2014

Marcial Lafuente Estefanía

¡Cuando gane con el Colt!

Cary caminaba por el centro de la calzada con más de tres pulgadas de polvo y pensaba en los que sería esa calle en un día de lluvia. Imaginaba un barrizal por el que no se podría caminar a pie. Y al fin, decidió lo más correcto. Montar sobre el animal y buscar un herrero que era lo que consideraba más urgente, porque una de las herraduras estaba bastante floja.
Había preguntado por el taller de algún herrero y le indicaron que siguiera por esa calle, pero como la distancia se hacía excesiva para seguir caminando por un mar de polvo, saltó sobre el animal. Y no tardó en encontrar lo que buscaba.

Adam Surray

Tiempo de morir

Harold Hawkins alzó el vaso de whisky.
Con una amplia sonrisa en los labios.
-Eres el primero en saberlo, Warren. Nancy aún no quiere que se conozca nuestro compromiso; pero es cosa hecha. Poco a poco irá tanteando el terreno con su padre. ¿Te das cuenta? ¡En un futuro próximo me convertiré en el yerno del gran Peter Tuchner! Dejaré de ser un vulgar empleado de la Tucher Paper para pasar a máximo dirigente de la compañía. El viejo Tuchner pronto cederá el mando y... ¿Qué diablos te ocurre, Warren? Cualquiera diría que te estoy comunicando el fin del mundo.

Burton Hare

Van hacia la muerte

Estaba sentado en un coche, eso era seguro porque a una pulgada de mi nariz había un volante y más allá el salpicadero anticuado, el parabrisas, y aún más allá una oscuridad absoluta.
Aquello era un coche, pero estaba ladeado de un modo muy curioso. Mi cuerpo descansaba contra el respaldo y era igual que si el morro del coche apuntara a las estrellas.
Sacudí la cabeza. O intenté hacerlo, porque el primer movimiento brusco empezó a dolerme como el infierno. Resultó una llamarada que se extendió por el resto del cuerpo y ya no hubo una pulgada de mi piel que no doliera con creciente intensidad.

Curtis Garland

Cadáver repetido

-Tienes visita, Slade.
Levanté la cabeza. Por un momento, pensé haber oído mal.
-¿Es a mí? -pregunté-. ¿Has dicho... una visita?
-Sí, eso dije -afirmó el celador, haciendo chirriar la llave en la cerradura. Luego, pulsó el resorte electrónico y la puerta de la celda se deslizó, con un suave zumbido-. ¿Es que te has vuelto sordo últimamente?
-Y mudo. Y ciego -rezongué, encogiéndome de hombros. Luego sacudí la cabeza-. No espero visitas. Nadie se acuerda de mí. Ni siquiera mi abogado. Como es de oficio, y no espera cobrar un centavo por mi defensa, me ha dejado abandonado a mi suerte.

Marcial Lafuente Estefanía

Al margen del peligro

Avanzaba lentamente con el caballo de la brida y otro más, unido a éste. Y no cesaba de mirar en todas direcciones.
Había una verdadera fiebre en la construcción de viviendas.
Nadie se fijaba en él.
Las casas que ya existían en el pueblo, se diferenciaban de las otras, por los materiales de que estaban construidas.

Marcial Lafuente Estefanía

Crímenes vengados

-Tienes que escucharme, papá.
-Lo que tienes que hacer es guardar silencio mientras comemos.
-No puedes ser tan injusto como otras personas, de las que me has hablado muchas veces. Tú sabes que ese muchacho es inocente.
-Lo único que sé es que todo le condena.
-Circunstancias... ¡Circunstancias! Esto es lo que te he oído decir otras veces. Y ahora no admites lo mismo que has sostenido tanto tiempo.

Lou Carrigan

Tren a Texas

El jinete entró en Cedar Town llevando tras él otro caballo, que transportaba en su lomo un gran bulto, envuelto en una lona. Pero no del todo envuelto, ya que a cada lado del caballo se veían los dos pies de un hombre. A poco que se pensase, era fácil llegar a la conclusión respecto a qué significaban aquellos pies.
A buen seguro, nadie en Cedar Town dejó de comprender que en el segundo caballo iban dos muertos, cruzados sobre la silla, cada uno con la cabeza a un lado. No era un espectáculo alegre. La gente se volvía para mirar al jinete, pero éste no parecía ver a nadie. Iba a lo suyo, que es lo sensato y conveniente siempre.