miércoles, 8 de julio de 2020

Marcial Lafuente Estefanía

¡A mí no me gana!

Y los tres entraron en la iglesia. Los que ya estaban dentro miraban de reojo a los tres jóvenes. Leila fue directamente hacia el sitio que ocupaba todos los días a la misma hora. Hizo señas a los otros dos para que la acompañaran. Como estaba en la parte delantera de la dedicada a los feligreses, la presencia de Slim provocó comentarios en voz baja.


Gordon Lumas

¡Peste!

El jinete detuvo el caballo y paseó la mirada por el paisaje, un tanto inquieto, porque después de la larga jornada estaba seguro de haberse extraviado.
Hacia el norte se extendía una sucesión de ondulantes montañas cubiertas de bosques que bajo la luz del crepúsculo adquirían tintes oscuros y siniestros.
Todo lo demás eran pastos que la sequía había arruinado, excepto los que, en el sur se extendían a ambas orillas de un estrecho caudal de agua casi seco. Allí, dos pinceladas de verde señalaban el curso de lo que en época de lluvia debía ser un riachuelo tumultuoso.

Gordon Lumas

El valle del dolor

La cosa había empezado del modo más estúpido.
Sólo porque él no quiso beber.
Esto desencadenó un terremoto que hizo astillas un par de mesas, derribó una estantería repleta de botellas y un hombre voló por encima del mostrador empotrándose de cabeza en el espejo.
Todo ello provocó un estrépito de mil diablos, con los cristales saltando en todas direcciones y los dos individuos zurrándose con entusiasmo.
Finalmente, el más joven logró atrapar al otro por un brazo. Lo volteó girando como una peonza y cuando el aturdido bravucón se elevó por la fuerza de los giros lo soltó.
El hombre realizó un asombroso vuelo planeado que le llevó por encima de la gente hasta la pared más lejana del bar. Allí había una ventana contra la que el corpachón se estrelló.
Hubo como una explosión, un estallido de la cristalera y hombre y ventana desaparecieron para aterrizar aparatosamente en medio de la calle...

Gordon Lumas

El ojo de la furia

Los cuatro hombres, eran apenas cuatro sombras siniestras en la oscuridad, ocultos a un tiro de piedra de la casa cuyas ventanas, iluminadas semejaban luciérnagas amarillas.
Brasler, grasoso y lento, gruñó:
-¿A qué esperamos. Esa gente debe haber cerrado el trato hace rato.
-Seguro -replicó Louie Booth, mirándolo iracundo con su único ojo inyectado en sangre-. Han cerrado el trato y deben haber cenado también. Pero si atacamos ahora habremos de pelear con dos hombres más. ¿Es que no puedes pensar por tu cuenta o qué?


Gordon Lumas

El negro espectro del mal

La muchacha se llevó las manos a la espalda, soltó los botones aquí, unos cierres allá, y el escotado vestido se deslizó al suelo como a regañadientes, cual si se resistiera a abandonar la sucesión de curvas que era el prieto cuerpo de la dama.
Los ojos fríos del hombre la contemplaron de arriba abajo, y si la visión del cuerpo sólo cubierto por un par de excitantes filigranas de encajes y calados le impresionó supo ocultarlo a la perfección. Nada en la expresión de su cara delató sus emociones.
La muchacha dijo:
-Bueno, encanto, empieza a quitarte cosas tú también.
Terry MacLean parpadeó.
-¿Qué?
-No pensarás acostarte conmigo con espuelas y todo, supongo.
-Oh, eso...
-Sí, eso. Y deja de mirarme de ese modo, ¿quieres? Tienes unos ojos muy raros.
-¿Qué diablos tienen de raros...?

domingo, 5 de julio de 2020

Anthony Logan

Un revólver heredado

A finales de 1886, Magdalena, en el territorio de Nuevo México, era un pueblo dejado de la mano de Dios. Se había formado poco más de una docena de años antes cuando alguien encontró oro -puede que alguna pepita que el viento arrastrara de quién sabe dónde- en las montañas próximas. Entonces los buscadores cayeron como buitres y, como necesitaban comer, dormir y divertirse, tras ellos llegaron los comerciantes para instalar un comedero -nunca mereció ser llamado restaurante-, una fonda, un saloon y un burdel. Éste era el mejor edificio de todos los del pueblo; incluso construido con auténticos ladrillos.

Jan Hutton

En nombre de la ley

Dion Low tiró de las riendas de su montura y paró a ésta.
El espectáculo que se ofrecía ante sus ojos, aunque lo habitual en aquellos días, presentaba para él una faceta de intenso fanatismo.
Había frenado su montura a un centenar escaso de yardas y el fondo rojo del crepúsculo ensangrentado y como lleno de un presagio de violencia prestaba ese carácter extraño a la ejecución de los cinco hombres.