domingo, 5 de julio de 2020

Wild Hampton

Una vida perdida

-¿Alguna apuesta más, caballeros?
La pregunta acababa de formularla George Hill.
Los tres hombres que con él se sentaban alrededor del tapete verde intercambiaron una rápida mirada, parecieron titubear y al fin movieron la cabeza en un gesto negativo. Uno de ellos, levantándose, murmuró, después de humedecerse los labios con la punta de la lengua:
-No, no es suficiente. Además, no... nos sentimos demasiado seguros de que no haya hecho... -no concluyó la frase.

Frank Spey

En su propia trampa

El huracán que aquella noche se desencadenó a lo largo del valle era el más violento que habían conocido los más antiguos moradores de aquella región.
Al anochecer, estallaron los primeros truenos en el horizonte, y poco después el huracán se desencadenaba con una furia infernal sobre los campos, desgajando árboles, destruyendo cercas, arrancando de cuajo los techos de las cabañas, que giraban como volutas de papel en medio de ululantes torbellinos.

Henry Keystone

Calibre 44

A medida que se acercaban al Lost Pass, Kent Randall empezó a dar señales de preocupación.
Se volvía a menudo en su silla de montar, para estudiar la marcha de la larga reata de mulas que se extendía detrás suyo.
Quince animales cargados al máximo, conducidos por cinco hombres y escoltados por otros cinco, fuertemente armados y montados en excelentes caballos.

Clark Carrados

Entre ceja y ceja

A través de las estrellas rendija que quedaban entre el ala de su sombrero y sus ojos, Roger Halley observó a la viajera que se hallaba en el asiento frontero al suyo, en el mismo vagón del ferrocarril.
La había visto subir muchos kilómetros atrás y admirado silenciosamente su hermosura. Luego, ella se había acomodado en el asiento, después de saludarle con una cortés y fría inclinación de cabeza. Halley hubiera dado algo bueno por conocer su nombre.

Clark Carrados

Soga rota

Cuando Alexander Corbett vio el desastre, comprendió intuitivamente que otro, posiblemente de menor cuantía, pero no menos importante para él, iba a abatirse sobre su persona.
Alexander Corbett, Alex para los amigos y personas de su intimidad, tuvo confirmación de ello pocos días más tarde, cuando el señor Ira R. Van Laren, financiero, accionista principal e ingeniero jefe del ferrocarril "Pacific Western", se presentó en la escena de la catástrofe.

Clark Carrados

El hombre de la cicatriz

Los seis bandidos entraron en la ciudad por dos direcciones distintas formando grupos de tres, con el fin de pasar desapercibidos.
Algunos ciudadanos les miraron, sin prestarles demasiada atención. Hombres como ellos venían a menudo a la ciudad, procedentes de todos los rincones del país.
Por los atuendos que vestían, hubieran podido pasar por vaqueros que regresaban después de la conducción de una gran manada, o por tramperos en busca de nuevas provisiones, y no faltaba el que tenía el completo aspecto de un gambusino o buscador de oro.


John Ford

Un granuja

Jack Benny no tuvo tiempo ni de calzarse las botas.
La cerradura de la puerta saltó hecha astillas por los pistoleros del enfurecido Albert Siegel, quien plantado en el dintel de la puerta miró a la mujer y al hombre y bramó, casi ahogado por la cólera:
-¡Puercos!
El encargado del Fiery-Saloon alzó la mano armada para nuevamente descargar el arma, cuando la dueña del edificio le fulminó con la mirada azul de sus ojos al ordenar, también con cólera:
-¡Quieto, Albert! ¡No te pago para que fiscalices mi vida!